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Personajes
Luis Aragonés, el antihéroe

El eterno técnico español enfrentó, sin miedo, las críticas de todo un país y sólo dispuso del tiempo de la Eurocopa para mostrar sus ideas. Ganó y se fue por la puerta grande (EFE)
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El técnico español disfrutó el título y ya piensa en su nuevo reto, el Fenerbahce

DANIEL LOZANO

ESPECIAL PARA EL UNIVERSAL

Un grito de guerra estalla cada 15 días en el estadio Vicente Calderón de Madrid. La hinchada del Atlético canta un himno exclusivo, muy sencillo, con cierto deje castizo: "¡¡Luis Aragonés, Luis Aragonés!!". El antiguo entrenador rojiblanco es un mito para los seguidores del Manzanares. Algo parecido al "illa, illa, Juanito maravilla", que resuena en el Bernabéu, el estadio del gran rival capitalino, en homenaje al extremo más rebelde del fútbol español.

La conquista de la Eurocopa trasladó por primera vez el grito rojiblanco hasta la plaza de Colón, el territorio de la selección roja. Y a muchas calles de todo un país rendido a los pies del Zapatones. Luis Aragonés, volante ofensivo en sus tiempos de jugador, calzaba un 46. La mítica futbolística sentencia que los grandes lanzadores de faltas son de pie pequeño. Como el brasileño Sócrates con su escaso 38. Pero Luis se empeñó desde muy joven en romper con los estereotipos.

Y sin duda que lo ha conseguido. Luis es el principal culpable de una victoria que ha enterrado definitivamente maldiciones y malaventuras del fútbol español. Por su talante, hosco y gruñón ("el peor relaciones públicas de sí mismo", como dicen sus amigos), parece cualquier cosa menos un héroe. Tampoco tiene pinta de rebelde. Pero que nadie lo dude: lo es. Hace años, como técnico del Barça, apoyó a sus jugadores frente a la directiva de José Luis Núñez durante el llamado motín del Hesperia. En su época del Manzanares fue de los pocos que levantó la voz contra el cacique Jesús Gil.

Antecedentes de peso que preceden a dos años de pelea furibunda con medios de comunicación y con la Federación de Fútbol, empeñados en jubilarle antes de tiempo. Luis aguantó un pulso imposible contra medio país tras negarse a seleccionar al capitán madridista Raúl, para que no rompiera la armonía del vestuario. Incluso fue zarandeado por media Europa tras escucharse cómo en un entrenamiento llamaba "negro de mierda" al ahora jugador barcelonista Thierry Henry. Pero siempre tuvo muy cerca a sus mejores aliados: los jugadores.

En sus casi 70 años, más de 50 de fútbol, Luis ha entrenado al Atlético, Barça, Valencia, Oviedo, Betis, Sevilla, Espanyol y Mallorca, con los que conquistó una Liga, una Intercontinental y tres Copas del Rey. En la selección ha competido contra entrenadores mucho más jóvenes, de verbo florido y locuaz. Vestido siempre con el mismo chándal, incapaz de ocultar su barriga, frente a los trajes de Armani de algunos de sus rivales. Con una dentadura postiza rebelde, que le han afeado las indiscretas cámaras de última tecnología televisiva. Y portando una carpeta de colegial en la que oculta secretos a lápiz, incluidos los lanzadores de los penaltis contra Italia.

Pero las apariencias, en el fútbol, también engañan. Ayudado por esa jerga del barrio de Hortaleza, hipnotizó a sus jugadores desde el primer día: "Si no nos metemos en la final, no sé nada de esto y no valgo un pijo como entrenador". Castizo madrileño en estado puro, con un vocabulario tan especial que ha sido objeto de todo tipo de imitaciones, más o menos ofensivas, durante la Eurocopa.

Mal afeitado y con unas gafas de otro siglo, tan distintas a las de Fabio Capello, modelo de una marca de gafas personalizadas. Taciturno siempre y depresivo a veces. Conocidos son sus devaneos con el casino, lo que le provocó hace años más de un problema con la ludopatía.

Estamos ante un antihéroe transformado en maestro del ajedrez futbolístico, el más grande en la historia del balompié español. Precisión de cirujano y maestro de Psicología para unos jugadores que le adoran. "El dueño del juego es el dueño del balón". Su principal mandamiento se convirtió en la razón de la existencia futbolística para 23 jugadores, que no han perdido en casi dos años con la selección, 22 partidos al hilo.

Un seleccionador llevado al borde del abismo que ha respondido con lo único que sabe: fútbol. Aragonés ha regalado el fútbol más brillante de este siglo XXI a un país que hasta ahora dudaba sobre si se podía ganar jugando bien. Luis ideó un plan, tan testarudo como él. Al tomar los mandos de la selección reinterpretó las palabras de Menotti: "España tiene que decidir si es toro o torero". Abrió el debate, pero él, pillo de barrio, escondía la solución del jeroglífico. Había que ganar maravillando. Y para ello era necesario acabar con los gafes de la Historia y soportar las críticas de los 40 millones de otros "seleccionadores" que tiene España, un país donde 24% de la gente habla de fútbol en sus hogares, por encima de los sucesos (17%) y de la política (15%).

Luis se ha ganado su pequeño lugar en la Historia, pese a que la política de los despachos le ha exiliado en Estambul. El Fenerbahçe es su próximo reto. Luis quiere triunfar, está convencido de que también lo conseguirá en Turquía. Lo único que necesita es un buen traductor, capaz de trasladar sus chascarrillos con mensaje a sus nuevos jugadores. Si lo consigue, pronto resonarán los gritos de "¡Luis Aragonés, Luis Aragonés!" en el estadio de Sükrü Saracoglu. Los hinchas turcos lo tienen claro: las apariencias engañan. Ya tienen su propio antihéroe.


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