OCTAVIO SASSO
ENVIADO ESPECIAL/EL UNIVERSAL
Puerto La Cruz.- El sonido del pitazo final terminó
de enmudecer a todos. Los rostros desolados de Juan Arango,
José Manuel Rey y compañía, la frustración
de Jonay Hernández y la tristeza de Leonel Vielma eran
el reflejo del gran golpe que habían recibido un minuto
antes. La corrida impecable de Humberto Suazo y el zapatazo
al fondo de la red, enlutó a Puerto La Cruz. Era el
término de una noche que había comenzado con un
sueño y terminó en frustración.
Venezuela cayó derrotada anoche 3-2 frente a Chile
en duelo correspondiente a la sexta fecha de la eliminatoria
mundialista rumbo a Suráfrica 2010. La vinotinto no
supo controlar el partido y terminó cediendo ante la
notable eficacia del rival. El cuadro de César Farías
se vio disminuido ante un visitante que logró su segunda
victoria en fila y mostró su mejor cara.
Los criollos ya lo sabían. El riesgo que se corría
al plantear el partido que se planteó, era evidente;
sin embargo, el equipo lo asumió tácticamente
pero nunca en la cancha. Venezuela nunca entendió que
al perder la salida, tenía que buscar las herramientas
para marcar algo de diferencia. Chile fue más.
El equipo nunca se encontró. La mitad de la cancha
se esparcía y la distancia entre los volantes y los
delanteros era muy amplia. Miguel Mea Vitali corría
de un lado a otro y, a pesar del acompañamiento de
Jorge "Zurdo" Rojas, la pelota nunca apareció en los
pies criollos.
Esto jamás se supo revertir y se llegó al descanso
con empate.
A pesar de todo, el país se ilusionó en la segunda
mitad. Giancarlo Maldonado aprovechó un descuido de
la defensa y el pequeño espacio que le abrieron en
una jugada a balón parado, para colar una pelota dulce
que se desviaría en un defensor y entraría al
fondo. Era el despertar.
Toda la alegría se desvaneció rápidamente.
Un contragolpe letal terminaría en penal. Sánchez,
un acostumbrado simulador de faltas, montó la escena
y Humberto Suazo no perdonó.
A partir de ahí empezó otro partido. La vinotinto
no reaccionaba y empezaba a padecer otra vez. Sufría
el correr de los minutos y se desesperaba por no encontrarle
la vuelta al juego. Un centro desde la izquierda terminó
quedándole a Gonzalo Jara, que aprovechó y pegó
el grito en el cielo. El festejo del 2-1 lucía interminable,
definitivo.
La paciencia parecía agotarse. Eran escasas las oportunidades
y la desilusión se apoderaba del camino. Una que otra
pincelada, abrían la vuelta. Ahí apareció
Giancarlo. Descolgó a un defensor y tiró un centro
que no dejó pasar Juan Arango para fusilar al excelso
portero chileno. Bravo la vio pasar y el país entero
volvió a vibrar.
La euforia era incontenible y la afición deliraba.
Era tanto el clamor que incluso Arango se había olvidado
de que era el empate y el partido continuaba.
El 2-2, en principio, era un premio mayor a lo que merecía
el rendimiento colectivo criollo. Por eso, cuando aparecieron
las llegadas de Tomás Rincón y su disparo medido
al palo derecho, o la protestada mano del chileno en el
área o incluso un golpe frontal de Seijas que terminó
desviando Bravo, todos pensaban en una remontada.
Fue así como se llegó al final. Cuando los fanáticos
celebraban a medias el empate, y las burlas a la parcialidad
chilena se consumían, apareció el "Chupete" Suazo
y enfrío el estadio. Su notable definición fue
el cierre de una noche gris y con pocos tonos brillantes.
Suazo no sólo silenció al estadio sino que agrietó
el corazón de una nación que se ilusionó
de verdad. La historia vuelve a plantear el mismo guión
y a Venezuela se le hace cuesta arriba vencer a los chilenos.
Todo se vació en segundos. Venezuela 2-Chile 3. Baldazo
y desilusión.