OCTAVIO SASSO
ENVIADO ESPECIAL/EL UNIVERSAL
San Cristóbal.- Todo ha cambiado en esta ciudad.
San Cristóbal pasó de ser aquel lugar improvisado,
con la fama a cuestas de un equipo que no podía responder
a la grandeza real de su historia, a ser un ejemplo. Hoy la
realidad es otra. La Copa América y el esfuerzo de su
gente le regaló al Deportivo Táchira una de las
mejores ins- talaciones deportivas del país.
El camino hacia el mítico estadio Pueblo Nuevo sigue
oliendo a fútbol. La inmensa subida hacia el "templo"
va escoltada por las miradas de dos eternas figuras, Laureano
Jaimes y Carlos Maldonado. Sus estatuas vigilan la entrada
a ese escenario y develan que, a partir de ahí, se entra
en territorio sagrado.
Los árboles se van quitando del camino,la presencia
del gran escenario tachirense impone su peso y estremece el
panorama. Pueblo Nuevo mantiene su esencia a pesar de sus
remodelaciones y su nuevo rostro con capacidad para 38 mil
personas. El bosque de pinos al fondo y el colorido de todo
el cuadro da a entender que es la casa del equipo más
popular de todos.
A un costado, y a diferencia del pasado, la montaña
le prestó un espacio al equipo de sus amores y el Táchira
tiene su cancha para entrenar. Ahí ya están los
juveniles del club, haciendo pesas, calentando y esperando
por los "mayores". El amarillo y negro reina por encima de
todos los colores en el panorama.
La gente, poco a poco, se va sumando. Niños, niñas
y adultos, se posan en el cemento de la estrucutra para soñar
con el equipo que está a punto de darles un nuevo campeonato
con la conquista del Torneo Clausura. Todos llevan una camiseta.
Ya sea puesta o en las manos, el manto del aurinegro es lo
más sagrado y la gente así lo sabe.
Por el pequeño túnel de acceso, aparecen los ídolos.
Manuel Sanhouse, Edgar Pérez Greco, Marlon Fernández,
José "Patón" González, Ruberth Morán y
Habynson Escobar, entre otros. El hombre del momento tarda
un poco más en salir. José "Buda" Torrealba hace
acto de presencia y dibuja las son-risas en los rostros de
todos.
De último, con un café en la mano y con el paso
particular que lo caracteriza, aparece Carlos Maldonado, el
entrenador, el hacedor de sueños. Es el hijo pródigo
de esta ciudad y el máximo responsable de la alegría
del pueblo tachirense. La gente quiere verlo, a él y
a sus figuras, y convertirse de ese modo en parte de la pasión
de todo un lugar que vive, respira y come fútbol de color
amarillo y negro.
La ciudad está tranquila. La lluvia que se posa sobre
Los Andes, le da un cierto tono nostálgico al recorrido.
Parece que la tierra está triste porque si Táchira
sale campeón el domingo contra Unión Lara, lo hará
fuera de casa. Sin embargo, todos quieren llorar a distancia,
aunque esta vez sea de alegría asso@eluniversal.com